Parecer que sabes
Ayer un grupo de jóvenes me explicaron lo que es un LARP. Yo conocía el término como live action role-playing, un juego de rol en vivo, de esos donde uno se viste de un personaje y actúa como si lo fuera. Pero por lo visto ahora se usa “larpear” para hablar de gente que se hace pasar por algo que no es. Alguien que finge ser empresario, intelectual o hacker y espera que los demás nos tomemos el personaje en serio. Me pareció algo que describe muy bien lo que ha vivido esa generación creciendo entre herramientas digitales.
Antes uno podía ver a un periodista o a un humorista ganándose la vida con comentarios incómodos porque ahí estaba su talento. El problema es que luego las redes sociales le dieron a todos un espacio donde decir cosas similares y una audiencia potencial, pero lo que no dieron fue la gracia o el conocimiento del tema. Sin embargo, si alguien lograba que suficientes personas se enfadaran, las cifras podían parecerse bastante. Y con esas cifras ya podías presentarte como alguien que dice las verdades que otros no se atreven a decir. La verdad es que solo eras un pesado de mal gusto, pero ahora tenías seguidores que también creían que eran agudos y no solo gilipollas.
Después pusimos cámaras muy capaces en todos los teléfonos y apareció otra posibilidad: conseguir una foto con aspecto profesional sin saber demasiado de fotografía. Eso está muy bien, pues tampoco hace falta estudiar iluminación para guardar un recuerdo de tus hijos. El salto extraño viene cuando el teléfono resuelve la exposición, procesa los colores y desenfoca el fondo, y tú concluyes que has descubierto tu talento como fotógrafo. La verdad es que sigues siendo un fotógrafo mediocre, solo que ahora tus fotos se ven mejor. Ahora la IA generativa permite producir ilustraciones, textos y canciones con un acabado que hace unos años habría requerido bastante trabajo. Y vuelve a aparecer la misma confusión, aunque esta vez podemos practicarla en varias disciplinas durante la misma tarde. Ya tenemos la portada, el primer capítulo y la banda sonora. Falta ver si había algo que contar, pero eso se puede mirar después.
No me malinterpreten, reducir las barreras de acceso a las personas con talento importa, y mucho. Hay personas con ideas y sensibilidad que no podían llevarlas a cabo porque les faltaban medios específicos y estas herramientas les permiten hacerlo. Tampoco creo que haya que sufrir una cantidad reglamentaria de años antes de tener derecho a crear algo. Pero tener talento, desarrollar un criterio y aprender un oficio siguen siendo cosas distintas de conseguir que una aplicación te entregue un resultado. Puedes ahorrarte muchísimo trabajo. Lo que no puedes hacer es dar por aprendido todo lo que te has ahorrado. Con el código resulta especialmente evidente. Puedes pedir una aplicación, ejecutarla y comprobar que hace lo que querías. Eso tiene utilidad real, incluso si no sabes programar. Pero si vas a ofrecérsela a otros, tendrás que saber qué ocurre con sus datos, qué puede fallar y cómo vas a responder cuando falle. Tienes que entender realmente lo que está pasando, ese paso no se puede saltar.
Por eso me parece importante distinguir al aficionado del impostor. El aficionado hace cosas porque le gustan, aprende lo que puede y no tiene por qué justificar su afición ante nadie. El impostor reclama una competencia que no tiene y suele enfadarse cuando alguien se la pone a prueba. Un comentario cruel pasa a ser humor que los demás no entienden; una imagen genérica, arte que los expertos rechazan porque tienen miedo de perder su trabajo. Yo no tengo ningún problema con que cualquiera pueda publicar un libro, hacer una canción o desarrollar una aplicación. Me parece bien que lo intente y que tenga mejores medios para hacerlo. Lo que no entiendo es por qué también habría que reconocerle un talento que todavía no ha demostrado. No es espacio para larpers.