Yo pensaba que estábamos de acuerdo
Cuando era joven me consideraba de derecha, pues la verdad es que el capitalismo me parecía un modelo real, que funcionaba, mientras que la izquierda que me llegaba hablaba de propiedad colectiva, de salarios, de cosas que yo asociaba a una utopía que requería que los seres humanos fueran bastante distintos de los que yo conocía. Mi clasificación era bastante sencilla, probablemente demasiado, pero yo era joven y tampoco recuerdo que quienes interactuaban conmigo tuvieran matices inesperados sobre esos temas.
Para mí, que una empresa ganara dinero estaba bien. Pero daba por sentado que el que generara valor era tan importante como que obtuviera beneficios… de otra manera su existencia a largo plazo estaba comprometida. Había que hacer algo útil, pagar adecuadamente a quienes lo hacían posible y construir una empresa que pudiera seguir funcionando dentro de unos años. Exprimir a los trabajadores hasta agotarlos me parecía una pésima forma de gestionar, además de una violación de derechos que yo entendía como inviolables. No existía el concepto de “enshittification” y la verdad no lo veía en la práctica porque todos estábamos de acuerdo en que exprimir el valor a costa de tus clientes era una muy mala idea.
Unos años después alguien me explicó que eso no era ser de derecha. Que yo era de centro. Bueno, pues de centro. Tampoco tenía un gran apego a la etiqueta. Me interesaba más que las cosas funcionaran que el saber en qué casilla tenía que ponerme.
Pero unos años después se empezó a discutir sobre el tema de la educación, la salud, la vivienda. Yo entendía que una sociedad tenía que garantizar ciertas condiciones para que las personas pudieran vivir en ella. Podíamos discutir qué modelo era más eficiente para entregar esas condiciones, pero no se me ocurría que estuviéramos discutiendo si una persona sin dinero debía quedarse sin atención médica. Pensaba que eso ya lo habíamos resuelto y que estábamos viendo cómo hacerlo bien.
Pues tampoco. Resulta que eso era ser de izquierdas, me dijeron. Me sorprendió. ¿Un Estado de bienestar con derechos para sus habitantes era solo de izquierdas? ¿Tener una economía de mercado con derechos laborales y servicios públicos era solo de izquierdas? Evidentemente había entendido bastante mal las etiquetas. Pero bueno, supongo que yo era de izquierdas entonces. Me habían cambiado de sitio dos veces y yo seguía defendiendo más o menos lo mismo.
Pero también era posible que hubiera entendido mal algo más importante: el supuesto acuerdo. Ahora digo que todos dábamos ciertas cosas por sentadas, pero todos es una palabra enorme. Yo las daba por sentadas. Tal vez confundí lo que me parecía razonable con lo que los demás estaban dispuestos a defender o subestimé la fuerza de los mensajes de odio, miedo y desinformación. Y es que ahora me encuentro con discusiones sobre si un genocidio puede justificarse, o sobre si una religión debería decidir las leyes de un Estado. No sé ustedes, pero yo no esperaba tener que volver tan atrás en la conversación.
Entiendo que se discuta si unos hechos cumplen una definición jurídica. Eso requiere pruebas y rigor. Justificar el exterminio de un pueblo es otra cosa. Tampoco tengo ningún problema con que alguien crea en un dios, en varios o en ninguno. El problema empieza cuando tengo que obedecer al suyo. Me parece una condición bastante sencilla para poder vivir juntos.
Sigo pensando que las empresas pueden crear cosas valiosas y que ganar dinero haciéndolo está bien. También que hay cosas que no pueden hacerse en nombre de ganarlo, y necesidades que una sociedad no puede desatender porque atenderlas no dé beneficios. No he encontrado una contradicción entre esas ideas que me obligue a abandonar alguna. Pero me está cansando tener que explicar cada vez desde más atrás. Yo quería discutir sobre cómo mejorar una sociedad que daba por acordados ciertos mínimos, pero ahora resulta que todavía hay que defenderlos.